Por Lidia Campos
La vida de Juana I de Castilla (1479-1555), hija de los reyes católicos, Isabel I y Fernando II, resultó por demás compleja debido a todos los acontecimientos que la rodearon, los cuales seguramente influyeron en su comportamiento, tan desconcertante como inesperado, lo que le valió el mote de “Juana la loca”, como ha pasado a la historia, de forma injusta si observamos sus desplantes con los ojos de nuestro tiempo, y no los del siglo XVI cuando en buena parte de Europa todo se juzgaba con el criterio de la religión católica, y cualquier acto o comportamiento diferente a las normas de la misma, era catalogado como demoniaco o sin cordura.
Nacida en el seno de una familia poderosa y poseedora de una belleza y
talento especial su vida estuvo muy lejos de ser la de un cuento de hadas con
un final feliz. De hecho como se acostumbraba en aquella época fue casada con
el duque de Borgoña y conde de Flandes, Felipe “el Hermoso”, como parte de un
matrimonio de conveniencia.
A pesar de este casamiento forzado Juana procreó seis hijos con su
esposo y, aunque hubo tiempos azarosos por las infidelidades de Felipe “el
Hermoso”, puede decirse que sobrellevó la relación porque lo quería y tuvo un
gran apego hacia él.
El caso que nos ocupa es que a Juana I de Castilla se le ha calificado
como “loca” cuando en realidad podríamos hablar de una conspiración entre
familiares para que jamás pudiera cumplir con sus deberes en los reinados que
por derecho le correspondían, el de Castilla por parte de su madre Isabel I y
el de Aragón por parte de su padre Fernando II, lo que indudablemente
constituyó una violación a sus derechos humanos y políticos, en gran medida por
ser mujer, pues en aquellos tiempos no les des daba mucho mérito a las mujeres para
poder gobernar, salvo casos excepcionales como lo fue el de Isabel I, reina de
Castilla, quien fue la principal auspiciadora de los viajes de Cristóbal Colón
en la búsqueda de una nueva ruta a las Indias, que como se sabe dio pie al
descubrimiento de un nuevo continente. América.
El hecho es de que Juana, ya casada con Felipe “el Hermoso”, heredó el
trono de Castilla de forma tan circunstancial como trágica, pues sus hermanos mayores
Juan e Isabel murieron, al igual que su sobrino Miguel.
Parecía que el universo conspiraba para que ella fuera reina, lo que
valió para que su madre Isabel la hiciera traer de Flandes, donde vivía con su
marido Felipe, para que conociera los deberes de la gobernanza en Castilla,
algo que al parecer a Juana no le atraía mucho, pues prefería pasar el tiempo
con su familia.
Obvio que cuando finalmente la convencen de irse a vivir a Castilla, su
esposo Felipe asumió la incómoda postura de consorte de la futura reina, lo que
hizo que a los pocos meses regresara a los países bajos, generando una gran
depresión en Juana, lo que hizo dudar a Isabel I de la estabilidad emocional y
cordura de su hija, pues lo que buscaba Juana era estar al lado de su marido, y
para ello no dudó ni siquiera en exponer su dignidad como persona y heredera al
trono.
A la muerte de Isabel I, quien en su testamento había determinado que
su corona no podía usurparla ningún extranjero, Juana la heredó, pero una
conspiración entre Felipe (que en efecto era extranjero) y su padre Fernando I la
dejaron fuera del gobierno, bajo el argumento de su inestabilidad emocional.
Así Felipe se hizo cargo del reino de Castilla y Fernando II aceptó con la
condición de que se le entregaran la mitad de las ganancias generadas por el
descubrimiento del nuevo mundo.
Más adelante Felipe “el Hermoso” murió, lo que significó un duró golpe
para Juana, quien fue confinada por su padre en una casona de Tordesillas,
donde quedó recluida por el resto de su vida; y es que a la muerte de Fernando
II, quien asumió las coronas de Castilla y Aragón, fue Carlos I, el primer hijo
de Juana, quien le ocultó a su madre durante cuatro años el fallecimiento de
Fernando II y de forma unilateral se proclamó como heredero de ambos reinados,
o lo que se puede considerar el gran reinado de España.
Una tremenda historia llena de tragedia, poder, traición, ambición y conspiración,
que evidentemente ponen en duda la supuesta locura de Juana I de Castilla, una
joven bella que aprendió latín a temprana edad y con un especial talento para
la música, catalogada como brillante por obispos y embajadores cuando ella
vivía con su marido en Flandes, y que posteriormente, con mucha conveniencia
para sus usurpadores, fue señalada como “loca” y sin capacidades para gobernar,
lo que a la luz de nuestro tiempo sería muy cuestionable, pues la psicología
podría perfectamente explicar muchas de las actitudes de Juana ante cada
acontecimiento, como la depresión por la muerte constante de seres queridos, la
rebeldía contra las ordenanzas de sus padres, o los celos por las infidelidades
de su marido.





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