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| Carlos Reyes, foto de Alberto Cota |
La Paz, Baja California Sur.- Hace 50 años, el 30 de septiembre de 1976, el huracán “Liza”, de categoría cuatro en la escala de Saffir Simpson, pasó a unos 100 kilómetros de La Paz, pero eso bastó para provocar la muerte de siete mil o 10 mil personas, según el testimonio de Carlos Reyes, reportero gráfico que capturó imágenes que se publicaron en Excélsior y dieron la vuelta al mundo.
En entrevista exclusiva con El Sudcaliforniano, en su
estudio fotográfico ubicado en la avenida Jalisco, entre Durango y Chiapas, a
la orilla de la avalancha de agua y lodo que se formó aquella noche y que
arrastró todo a su paso, dijo que como fuereño no sabía lo que era un huracán,
pero lo conoció de la peor manera posible.
Originario de Guadalajara, Jalisco, con 89 años de edad actualmente,
Carlos Reyes tenía 39 en 1976, trabajaba como fotógrafo independiente, y el día
del huracán iba a bordo de su vehículo con su familia rumbo a Los Cabos, pero a
la altura de El Triunfo lo paró en la carretera su compadre, que era
superintendente de Telégrafos de México, quien le dijo que se regresara a La
Paz porque venía un ciclón muy fuerte.
Al principio se negó y siguió su camino, pero al notar que
conforme avanzaba el carro se movía mucho por el viento, dio la vuelta para
resguardarse en su casa. Su esposa le dijo que dejara el carro sobre la avenida
Jalisco, pero no lo hizo, prefirió estacionarlo a un lado sobre la Durango, que
a la postre resultó una buena idea porque si no lo hubiera perdido con el arroyo.
Era tarde y la lluvia y el viento arreciaron, por lo que en
su ignorancia de lo que eran los ciclones y al no tener luz agarró un aparato
de petróleo y se puso a leer. Ya en la noche, a eso de las nueve o 10 comenzó a
escuchar gritos y el ruido del agua que estuvo a punto de inundar su vivienda,
a pesar de que estaba en alto, pero no sucedió porque colocó varios sacos de
arena.
En su relato dijo que “por aquí pasaba la gente gritando,
casas de madera completas flotando en medio de la calle Jalisco. Había un pick
up blanco, grande, en la subidita de una casa aquí por la calle Jalisco, la
corriente lo bajó, lo enderezó y lo fue a dejar en la rampa de una escuela”.
Recordó que en la colonia había un jardinero de nombre
Domingo que les arreglaba los árboles, aunque no era muy activo porque cuando
lo veían siempre estaba recargado en una pala, pero un día antes del ciclón se
murió. Cuando lo estaban velando en su casita, se metió el agua, sacó el
féretro y se lo llevó. A los tres días lo encontraron flotando en la Bahía de
La Paz.
En otro episodio extraño en medio de la tragedia, la
corriente arrebató dos niños a dos familias diferentes, ambas buscaban a hijos
con la fortuna que se encontraron de frente y cada una había rescatado con vida
al niño de la otra familia.
Carlos Reyes mencionó que de noche, con la fuerza de la
corriente y sin electricidad poco o nada se podía hacer por las personas
arrastradas por el agua. De hecho “Chemita” y otros periodistas de la colonia
de Prensa y Radio, formaron una cadena humana y quisieron sacar gente del
arroyo, pero la crecida casi se los lleva, por lo que dejaron de intentarlo.
Testimonio de lo ocurrido, dijo que “al otro día, en la
mañana, encontré una desolación total, ya no había agua, ya no había nada, pero
estaban los cadáveres atorados en los árboles, totalmente desnudos, porque la
corriente de agua así es en esa situación”.
Aclaró que la mayoría de la gente que murió no era de La
Paz, sino personas que venían a piscar algodón en el Valle de Santo Domingo,
pero les gustaba la ciudad y empezaron a hacer sus casas de madera, incluso uno
de ellos construyó una casa de material con una torrecita y una recámara
arriba.
Antes de los efectos del ciclón Liza, los soldados quisieron
desalojar a la gente, les dijeron esto no trae nunca agua, pero el día que la
trae se lleva todo, pero la gente decía: “mire, ya tengo mi estufita de
petróleo, ya tengo un mueblecito de sala, ya tengo una cocinita, tengo mi casa
y todo ¿cómo creen que me voy a salir?”.
Carlos Reyes comentó que él acompañó a los soldados, pero
las personas no quisieron salir y eso les costó la vida. Ni los que se
refugiaron en la casa de material se salvaron, porque estaba en medio del
arroyo y se sumió hasta adentro. Lo único que se veía después de la tragedia era
una parte del segundo piso.
Por lo que vio y vivió en esos días, afirmó que muy poca
gente de La Paz murió por el huracán Liza, uno de ellos fue un taxista que se
espantó, salió de su casa y la corriente se lo llevó junto con su familia. Si
se hubiera quedado en su domicilio no hubiera pasado eso.
“Luego también tuvieron que dinamitar un bordo que habían
hecho y que con la poca lluvia que caía no era peligroso, pero empezó a
llenarse de ramas, de basura, de esto y lo otro, y entonces el bordo se empezó
a subir y el agua se empezó a acumular ahí y dijeron si no se dinamita en ese
muro se va a llevar a toda La Paz, entonces fueron los soldados y dinamitaron,
que es cuando se vino la avalancha de agua y mucha gente murió”.
Mencionó que atrás de la Catedral de La Paz hay un salón,
donde acomodaron los cadáveres de hombres, mujeres, niñas y niños. Estaba lleno
porque sacaban los cuerpos del arroyo, los subían a las camionetas y los
dejaban ahí para que las personas que estaban buscando familiares los
reconocieran, pero realmente fueron pocos los que pudieron identificar, y la
mayoría fue a dar a una fosa común que está en el panteón de Los San Juanes.
Carlos Reyes recordó que al día siguiente de la tragedia, ya
por la noche arribó el presidente Luis Echeverría a La Paz, pero como era de
tipo comunista, rechazó la ayuda que Estados Unidos mandó como casas de
campaña, toallas y muchas otras cosas que se quedaron en manos del presidente
municipal de ese tiempo, “ese las agandalló y las vendió”.
Sobre las fotografías que tomó y publicó Excélsior, relató
que pasada la noche, alrededor de las siete de la mañana salió de su casa y ya
no había agua, mientras que varias cuadrillas de personas comenzaron a llegar a
la zona para buscar gente y levantar los cadáveres.
Se desenterraban a pala y pico y los subían a los pickups. A
un cuerpo solo se le veía la planta del pie en la superficie de la arena, quedó
enterrado al revés, lo sacaron y los metieron a una camioneta, ¿quién era,
quién sabe?
Los trabajos de levantamiento duraron alrededor de 10 días
porque no todos estaban a flor de tierra y muchos posiblemente quedaron
enterrados para siempre, y es que se trataba de gente de fuera del estado,
familias enteras que nadie identificó ni reclamó.
Comentó que de las siete de la mañana hasta llegada la noche
estuvo caminando para tomar fotos por su cuenta, fueron dos rollos de 36.
Alguien del gobierno le dijo a la gente del Excélsior que trabajaba para ellos
y que posiblemente tenía imágenes, por lo que se comunicaron con él y se
pusieron de acuerdo para que enviara el material por medio de un avión de la
fuerza aérea mexicana que había sido enviado con víveres.
En la ciudad de México ya estaban esperando las fotos, por
lo que el periódico publicó tres planas de imágenes que le dieron la vuelta al
mundo. Y es que desde la tarde del 30 de septiembre de 1976 se había ido la luz
y dejaron de funcionar todos los medios de comunicación locales, la radio y la
televisión estaban fuera del aire, y los periódicos tenían las rotativas
paradas.
Aclaró que en realidad no trabajaba para el gobierno y jamás
lo ha hecho, es periodista independiente y así se ha ganado la vida siempre.
Después de la difusión de sus imágenes, personas de Estados Unidos y de otras
partes del mundo llegaron a La Paz en busca de las exclusivas, fluyó más la
ayuda, pero para Carlos Reyes, esta ciudad jamás vivió el duelo de ese
acontecimiento, porque, insistió, la mayoría de la gente que murió no era de
aquí y fuera de las zonas por donde pasó el arroyo, las actividades cotidianas
se reanudaron al poco tiempo.
“La gente de La Paz no sufrió. Los que pasó es que se
murieron los piscadores que llegaron de allá, de Ciudad Constitución, era pura
gente de otros estados, de Zacatecas, de Chihuahua, de muchas partes”.
Apuntó que la gente que murió es la que estaba viviendo en el arroyo que pasaba por la calle Jalisco y que fue reencauzado a un lado de la colonia 8 de Octubre, donde ahora está el puente Mano Amiga. También tumbó algunas casas de la colonia Infonavit, donde estaba el aeródromo de la fuerza aérea. Es decir, era la orilla de la ciudad, hasta ahí llegaba en 1976. Todavía no estaba la UABCS y la presa Buena Mujer se construyó años después (entre 1983 y 1987), precisamente como una obra de contención de aguas arriba.
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| Fotos de Alberto Cota |
Nota de El Sudcaliforniano
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