Por Michel
Olachea
En la subcalifornia uno puede viajar a
través del tiempo, sobre todo cuando entras a un café o bar y suenan éxitos
como “Saturday Night Fever” de los Bee Gees, “Heart of Glass” de Blondie,
“Roxanne” de The Police o el himno “Hotel California” de The Eagles, evocación
local del esplendor turístico de la segunda mitad del siglo pasado. El de
aquella época en que Baja California Sur era zona fronteriza y recién se habían
inaugurado el aeropuerto de La Paz con vuelos al Distrito Federal, la carretera
transpeninsular y los transbordadores marítimos que conectaron a la entidad con
el noroeste mexicano.
Estas reminiscencias subcalifornianas
contrastan en el nuevo siglo con las ciudades turísticas que son ahora La Paz,
San José del Cabo y Cabo San Lucas, con todo y sus periferias urbanas, donde el
play list favorito de los barrios incluye “Mi Mayor Anhelo” de Julión Álvarez y
se baila al ritmo del pasito duranguense con “Pero Te Vas Arrepentir” de K-Paz
de la Sierra y del reguetón con “El Taxi” de Pitbull.
Pero, si “dicen que en Baja California
Sur las personas son blancas y hablan inglés, ¿están cerca de la frontera,
verdad?” Me preguntaba un joven en mi último viaje a la CDMX, o Ciudad de
México, la marca de Miguel Ángel Mancera. “La verdad es que en Baja California
Sur todos somos migrantes. Somos el único estado en el país sin población
originaria como resultado de la
colonización española. Además, nuestra distancia con la frontera estadounidense
abarca los casi mil 500 kilómetros, todo un día en auto en línea recta”,
respondí.
En pocas palabras quizá la traducción
más fiel de la condición poblacional
subcaliforniana sería: “migrantes en el finisterra”.
Pero la migración en la entidad tiene sus
particularidades y disparidades. Los datos del censo del Instituto Nacional de
Estadística y Geografía (INEGI) en 2010 arrojaron que el 39% de la población de
Baja California Sur había nacido en otra entidad, lo que equivale a 246 mil 685
personas de un total de 637 mil 026 habitantes. La cifra es con mucho superior
al porcentaje de otros estados del país, cuya población promedio nacida en otra
entidad es del 16%.
Las décadas de mayor inmigración fueron
los setentas, cuando la población total alcanzó los 128 mil 019 habitantes, y
los noventas, cuya suma llegó a los 317 mil 764 pobladores. En su mayoría, población trabajadora del
sector servicios, construcción y agricultura que se sumaba a la población
local, empleada principalmente en el sector gubernamental. A este mosaico
subcaliforniano hay que agregar la población extranjera que según el Censo de
2010 sumó 6 mil 438 personas.
La discriminación hacia la población
migrante, sobre todo la empobrecida, ha sido una respuesta al desplazamiento de
la población local que en 1950 contaba con tan sólo 60 mil 864 habitantes.
Comentarios como los de “el chunike” pueden leerse en un conocido blog de
noticias subcaliforniano: “Chúntaros, tagualilas, chilangos y sinaloenses...
tan agusto que vivíamos en nuestro territorio”, responsabilizándolos de la
precarización social y el aumento en los índices de delincuencia.
Generalizar a la población migrante como
delincuentes en potencia es erróneo. Como muestra una imagen: En el vuelo de
regreso de la CDMX, por la aerolínea rosa, venían dos jóvenes matrimonios que
hablaban sobre la maravilla que era vivir en un lugar como Baja California Sur.
Mientras el avión planeaba para aterrizar, y podía observarse la costa
acuamarina por las ventanillas, escuchaba a uno de los jóvenes decir al otro:
“Aquí puedes rentar un barco e irte a pescar en completa tranquilidad. ¡Y, sí
que sacas pesca!. Marlin... dorado. Por eso compramos la casa. O sea, vienes
los fines de semana o en vacaciones. Lejos de la ciudad”.
Lamentablemente, ignorar que los flujos
migratorios están relacionados con procesos sociales, económicos y culturales
conlleva el aferramiento a la ortodoxia identitaria como mecanismo de defensa
al extraño y al temor de perder el estatus quo en un contexto global de
incertidumbre. Desde los orígenes de la humanidad, la búsqueda de mejores
condiciones de vida es el motor principal de la migración. Sin embargo, cómo se
organiza una sociedad y se resuelven las necesidades de sus habitantes, es
decir, de manera desigual o más equitativa; con determinada forma de
producción; con el acceso a servicios públicos que garanticen sus derechos
humanos y además se promueva la pluralidad, es una construcción de la misma
sociedad.
La identidad subcaliforniana es múltiple, diversa, mientras tanto el
“bucle temporal”[1] en el café desde el que escribo esta columna resuena
soporíferamente: “Welcome to the Hotel California /
Such a lovely place (Such a lovely place) / Such a lovely face / They livin' it
up at the Hotel California / What a nice surprise (what a nice surprise) /
Bring your aliiiiibis...”.
[1] También llamado “recurrencia temporal”,
proceso utilizado en la literatura de ciencia ficción para describir el envío
de datos hacia atrás en el tiempo en un ciclo que no tiene salida.






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